jueves, 6 de noviembre de 2014

Sones de Miércoles Santo


Hoy el artículo de la pluma más afilada de OdP va dedicado a la noticia que saltó ayer a las redes. El nuevo acompañamiento musical del Señor de Oviedo.

Atardecer de Miércoles Santo. Tres golpes de guante blanco, algodón bordado en color oro, gritan a la puerta de Santo Domingo, el pueblo reclama lo que es suyo, su Señor en las calles de la ciudad. “Abrid las puertas al Señor de Oviedo” resuena en todo el atrio. Jesús, el Nazareno, vigila el proceso, sin inmutarse. Por nada del mundo dejaría su postura suplicante, la cerviz exageradamente inclinada, cruz en mano. Parece que le agrada lo que ve y oye. Por delante de Él desfila ahora una retahíla de capirotes, morado a juego con su túnica. El Señor, desde lo alto, alcanza a ver los descalzos pies de varios de sus cirineos, de varios de los acompañantes de camino en esa noche. “Dios os lo pague” murmura (porque está el que escribe seguro de que murmura, la cosa es saber escuchar). Van saliendo, ordenadamente y en silencio. Hay un narrador, y el Señor comprueba cómo, pasándolo por alto, se está leyendo su Sentencia.

“Crucificado y mazas”



Sigue saliendo la serpiente color morado, hay tramos de fuego, negro y rojo. “Señor… a estos que me acompañan… hacedlos dignos de mi Redención” clama Jesús por encima del monte de claveles rojos. Son momentos de angustia, Jesús el Nazareno suda sangre y se prepara para el Calvario que, en la Catedral se hará Camino de Cruz, Vía Crucis, ante los ojos de quienes, arrepentidos, asumen, veinte siglos después, el mayor de los errores, haber condenado a muerte a su Salvador.



“Imagen y trono de Nuestro Padre Jesús Nazareno”


“Trono lo llaman, después de haberme enviado a la muerte. ¿Dios mío, por qué, por qué me has abandonado?” Un capirote se acerca al trono. Uno grande y fuerte, para el Señor un mal presagio. Blam, blam, blam!!! El llamador golpea el trono, este se levanta. Jesús de Nazaret recibe los primeros latigazos. Comienza aquí el Calvario.
El Señor llora, y a través de sus ojos vidriosos puede entrever que muchos otros, ahora que ve ya la plaza, lloran con su sola presencia. El paso sale a la calle. “Soldados me escoltan, soldados que me conducen a una muerte de cruz cual bandido o filibustero. Señor, perdónalos, porque no saben lo que hacen” Cristo Viejo, Cristo del Amor. El Señor puede percibir el sudor, el esfuerzo de los hombros que son hoy sus pies cansados de andar por los caminos, que se esfuerzan en que su cojera, tras tanta desgracia, resulte lo más elegante y rítmica posible, propia de un rey. Un rey coronado con espinas que, llegado Gastañaga, descubre la verdadera dimensión del Calvario que le espera. “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”


Pasan las horas. La lenta cadencia de un hombre que arrastra su cruz por los caminos discurre ya bajo la luna. Luna que habrá de ser de Nissán, último augurio de una noche trágica que habrá de aguardar tres días para ser de Gloria. Dios sigue en las calles de Oviedo, arropado por centenares de corazones compungidos que pagan la pena del insulto, el agravio y la injusticia de siglos ha. Pasa el tiempo, faltan las fuerzas. En la calle San Francisco, el Señor de Oviedo se tambalea. Tres veces ha de caer y Oviedo lo sabe, tres veces que sus cargadores lo levantarán, eso sólo lo sabe el Señor. Su destino se consuma.



Entre palacios ve, a lo lejos, el camino de luces que lo lleva al Gólgota, al que en Miércoles Santo presta esta ciudad el nombre de don Alfonso II el Casto, cuando una corneta rasga la noche en dos, pregonando el amor de una madre. Giulio Caccini regala a Oviedo lágrimas de plata, lágrimas de una Madre de nombre Balesquida que encuentra en semejante trance a su hijo, y mira suplicante a los dos enverdugados que se postran ante ella, suplicantes de perdón por lo que van a hacer, por lo que han de hacer, pues así está escrito que se haga.

No deja de ser esta una historia trágica, por muy bonita que la queramos hacer. De cómo un hombre grande y sabio es sentenciado a muerte por la necedad y el inmovilismo de los humanos, incapaces de plantearse una duda moral. (Ay, Señor, veinte siglos después te volverían a mandar prender…) Y no por menos deja de ser la historia de la que siempre es fuerte y firme, una mujer, una Madre, Madre del Nazareno y madre de todos los que ante su mirada pasan, que -Señor, yo lo he visto- es la única en toda la plaza, que siempre, ante todo, guarda la Esperanza.


Un tambor destemplado. Un rumor quejumbroso en forma de oración que va dando la vuelta a la plaza, dirigido desde la platea de la justicia injusta, de la que manda a la cruz al que de ella viene a librarnos.


Y vuelve el Señor de Oviedo a su casa por el centro y a oscuras, dejando a las sombras hablar, pues Él ya no puede más. Azotes le asolan, la Soleá Andaluza le invade, pues es Dolorosa la ofensa y para colmo queda ya atrás su Madre (y maestra) al llegar a San Antonio.

Gira entonces poco a poco el paso del Señor en la esquina de la Calle Mon, y el mundo se detiene...



El Señor (y lo asegura el que escribe) parte la noche en dos, en grito de amarga tristeza y cansancio. Ha perdido aquí a su más fiel cireneo, y sabe que su Destino será difícil sin su entrega. Comienza el Señor a caminar a duras penas, mientras suena un Réquiem por el que fuera su padre en la tierra, que ahora lo empuja desde el cielo. Calle Mon, calle de penas cerca ya de casa, cofre cerrado de los más morados de los recuerdos.




Cuando es ya Jueves Santo, todo se ha consumado ya en la Plazuela de Santo Domingo, el Señor cruza ya las verjas del cielo hacia el Padre que lo espera en el sagrario. Centenares de ovetenses se van a la cama hoy más tranquilos, como si se hubiesen quitado un peso de encima. Oviedo ha cumplido su cita con su Señor, como siempre con rigor, recogimiento, recordando a los que en Él se fueron, y aliviando las penas de tantos y tantos corazones, de incontables generaciones, que abarrotan en presencia Santo Domingo todos los años.





Y haciéndolo como su dolor y su pena piden: con sones de rezo y reflexión, Piedad y recogimiento.

Sones de Miércoles Santo, sones de corneta y tambor.