viernes, 23 de mayo de 2014

El último compás

Hoy un nuevo colaborador se suma a la familia de OdP.
Compañero, amigo y hermano. Miembro de la Banda de cornetas y tambores de la Piedad, cofrade y nazareno, y de Oviedo, muy de Oviedo.

Comienza con esta entrada su andadura en el Blog de Oviedo de Pasión que espero sea larga.


EL ÚLTIMO COMPÁS.

Cuando escribo esto, apenas Oviedo ha logrado devolver todos sus pasos a sus templos, todos los hábitos a sus fundas, los ricos manjares a los fogones, y estoy casi seguro de que en alguna esquinita de esta ciudad, según se mire, se sigue viendo la neblina de incienso, y ese penetrante y sevillano olor a canela que tanta gloria da en esta ciudad a una semanita de abril desde no muchos años ha, o desde muchísimos, según la obcecación del que opine. Cuando escribo esto, todavía queda sobre mi habitación, entre otros estragos de la vida nómada que vive el cofrade en Semana Santa, una corneta. Lo cierto es que me he quedado mirándola, embelesado, porque usted, querido lector, no sabe lo que la dichosa corneta te da, ni mucho menos lo que te quita, a no ser que haya tenido la oportunidad de experimentarlo en sus propias carnes.


Ese tubo “retorcío”,-y el tío que lleva detrás durante sus paseos por la calle- llevan tantas horas de ensayo encima para que usted las disfrute, se emocione, no pierda el paso… tantas horas de esfuerzo y dedicación… aquí podría hablarle de los sinsabores que esto de ser músico cofrade tiene, que no son pocos, pero no puedo esconder que cuando pones en la otra balanza tantos buenos ratos, tanta buena gente, tanto amor y devoción para con nuestros titulares, sobradamente vale la pena. Pensando esto, se me queda una cara de “tonto”, de tonto feliz, eso sí, que debo confesarle, no muchas cosas últimamente me la sacan. Esa corneta, con su impoluto mantolín morado, morado cigarrero que con tanto orgullo llevamos y que en mi caso no podría haber sido mejor escogido, pues que la Semana Santa es morada, eso es de primero de nazareno –y de Nazareno, para qué nos vamos a esconder-, esa misma corneta me ha permitido ver mi ciudad de una manera muy distinta a como la había visto antes, y créanme que en mi relativamente corta vida he pasado por todos los oficios que este mundo cofrade puede dar. La sensación en Domingo de Ramos en San Pedro de los Arcos, rodeado de caras ilusionadas de niños de estreno, y de no tan niños que igualmente ilusionados estrenaban sus hábitos azul Oviedo -qué acierto de color, hermanos- es casi tan indescriptible como las lágrimas por un Cristo Flagelado al que tocábamos a muerto en el Tránsito de Santa Bárbara, lágrimas casi tan indescriptibles como el hecho de compartirlas con varios de mis compañeros, de mis amigos. Sensación peculiar, sorpresa ostensible el Viernes Santo en Llanes, con la banda, mi banda “navegando” que dirían algunos, entre un mar de gente tras un Cristo Yacente al que en pocos sitios se le tiene más respeto y devoción. Qué fervor, qué tradición, y cómo suena mi banda –permítanmelo- tocando a labio partido, a chicotá de lo nuestro, de lo clásico, de lo bueno, a marchas con cuerpo, con elegancia y con porte que Sevilla y Triana regalan al mundo cuando se visten de morado y negro. Y de morado y negro se pone Oviedo en sus días más solemnes, en todos los aspectos, hasta en el musical. Supongo que algo tiene que decir todavía el señorío de una vieja y burguesa ciudad.


No puedo más que cerrar esta… ¿carta? recordando palabras magistrales de uno de mis compañeros de locura: “…sientan los detalles, acaricien los matices, saboreen la melodía… así, por unos instantes, medirán el tiempo como lo mide el músico, de una forma distinta…” como lo mide un músico de la Piedad, como lo midió este músico de la Piedad, al pasar el arco de la Cuesta de San Vicente. Allí, sempiterno sillar de esta milenaria ciudad, Máximo y Fromestano empujaban a los braceros del Señor Flagelado en sus últimos metros de camino a casa, cuando una corneta rasgaba la preciosa noche primaveral, con el inicio de la Saeta, que en cigarrero significa que, dando un par de vueltas a mis partituras, es "Azotes” lo que tengo que tocar. Son apenas metros los que separan al Flagelado de su casa, del Calvario que algún día representará en la calle el Santísimo Cristo de la Piedad, pero a lo que íbamos: Azotes. Azotes tocado como nunca lo había oído tocar. Azotes sentido por cada uno de los poros de la piel, Azotes para un Cristo azotado, Azotes de mi banda, clamando al cielo Piedad para ese Cristo, que sigue y seguirá siendo el Cristo de muchos de mis compañeros le pese a quién le pese, Azotes trabajado, sufrido, sentido, Azotes, Semana Santa, hasta el último compás.




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